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Viajes al sur del sur

Escrito por ARTURO MONTOYA HERNÁNDEZ @talesdemixcoac. Posted in Artículo

Tras los tránsitos de fin de año, los umbrales cruzados en ímpetu de renovación, retomo la escritura. Me encuentro, después de los viajes, entusiasmado con la idea de compartir en estas páginas un poco de mis experiencias recientes, del vínculo que tejen. Quiero comenzar recordando Texcoco, a donde llegué con motivo del Décimo Congreso de Medicina Tradicional y Complementaria. Caminando cerca de Chapingo, sobre las vías del tren que comunican tantas latitudes, conocí a Ivonne, una muchacha de mirada antigua y entusiasmo por las preguntas (el bello arte de preguntar a través de las cosas, para sentirlas en profundidad).

Tras vernos solitarios entre la mañana que despuntaba (nos reconocimos inmersos en navegaciones de frio y pasos libres), comenzamos a platicar. Habíamos llegado en el mismo camión desde la TAPO aquel martes por la madrugada, donde intercambiamos una mirada breve y asueñada. Con la luz exponiendo el paisaje de nuestro rencuentro, recordé su cabello alborotado y lo adormilada que lucía al subir al autobús (cara de pijama, me diría después, con un poco más de confianza). Le conté que me había inscrito a un taller de geometría mágica (cuyas implicaciones lúdicas aun no sospechaba), y que enamorado, en movimiento, había también viajado para abrir mi experiencia de la ciudad de México, confinada a un desglose cotidiano de libros y añoranzas chiapanecas. A ella le interesaba el evento porque deseaba mejorar sus habilidades como masajista, y en el marco del congreso ofertaban varios talleres a los que se había inscrito desde principios de año (su viaje había comenzado en Belén, Tabasco, y continuaba hacía el sur del sur, con esta pequeña escala en el sur del norte). Desayunamos juntos unos tamales vegetarianos y un café de olla, y nos despedimos para asistir a nuestras actividades, no sin antes quedarnos de ver por la tarde, para ir juntos el centro del pueblo.

 

El primer lugar que visitamos fue el mercado, donde los esquites resultaron ser una delicia extraordinaria (sobre todo al compararlos con las ubicuas tortas de tamal de la gran metrópoli). Entusiasmados por el paseo, nos aprovisionamos en abundancia de fruta, para sobrevivir, según nosotros, los largos días de congreso que aún quedaba por delante (sin contemplar lo difícil de sortear el empalago otoñal ante tanta fruta madura, rebosando dulce día a día). Con el meloso botín a buen resguardo, pasamos a comprar unos bolillos recién horneados y un cachito de queso manchego, para completar nuestra futura merienda. Seguros de tener alimentos suficientes, nos dirigimos al parque para hallar una pulquería. Debajo de los arcos, entre espacios comerciales y puestos de caldo de gallina, avistamos el lugar indicado, pequeño, luminoso y concurrido con alegría.

Al entrar nos sentamos en una mesa metálica cerca de la rocola (cornucopia de salsa y música de banda), y pedimos curados de guayaba y avena (después descubriríamos el placer en la escarcha salada de los preparados de apio). Tras disfrutar de la fresca bebida vegetal, ella se acercó a Heriberto, dueño del centenario local, y le preguntó por el pulque, por su cercanía a la tierra. Él, en un principio serio, fue respondiendo cada vez más sonriente a las preguntas que lo acercaban al recuerdo amoroso por el pulque, a su juventud, a sus viajes desde el centro del Distrito Federal a Texcoco, y a su decisión, espontanea, de hacerse dueño del negocio que estaba por cerrar (el dueño anterior, representante de la cuarta generación de la familia que originalmente lo había iniciado, se lo traspasó alegre, con algunos de los secretos de su distribución).

Esas matas de agave que uno se bebe en una botella de espíritu destilado o en la fermentación de aguamiel, son un pequeño vistazo a todas las maravillas que se desentrañan desde el horizonte vegetal. Ver una planta, sus hojas moviéndose para acariciar la luz del sol o replegándose para asumir cómodamente la llegada de la noche, sentir el aroma que liberan a la más mínima provocación de un movimiento acompasado o su alegría retoñando con la música que uno pone en casa, son experiencias valiosas.

Al final del relato Heriberto nos dijo que los raspadores de la planta (quienes identifican las matas maduras para extraer de ellas la savia) suelen colocar rocas sobre el corte que hacen en la planta, para evitar que los tlacuaches u otros animales se tomen el aguamiel por las noches. Entre sonrisas por la imagen de los abusados marsupiales disfrutando de una dulce cena, Ivonne y yo nos miramos con la complicidad de una ronda más de pulques.