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Periodismo y libertad de expresión: síntomas de suicidio

Escrito por Michel Molina/pl.libre. Posted in Libertad de Prensa

6-Junio-2012-LibertadDeExpresion-150x112Hoy más que nunca la actividad periodística en México resulta una forma de auto-sentencia con dimensiones fatalistas. Para Platón, el suicidio es un acto irracional por ser contrario a la voluntad divina (Fed., 62 c); según Kant, es una transgresión de un deber hacia uno mismo (Met. Der Sitten, II, parte I); a consideración de Fichte, es una acción vil y cobarde (Doctrina de la moral, 1798, p. 268); en opinión de Aristóteles, es un hecho injusto hacia la comunidad (Et. nic., V, 11, 1138 a 9). A partir de estas premisas, los periodistas mexicanos serían objetivados como irracionales, inmorales, viles, cobardes e injustos, lo cual, sin duda alguna se sitúa más allá del nivel conceptual y del telos de esta profesión que aspira a la justicia, la valentía y la ética de su quehacer como elementos centrales. ¿Cómo ha sido posible, entonces, que los periodistas en México se hayan convertido en camicaces y suicidas potenciales?.

La realidad socio-política de México se conforma actualmente por una compleja estructura de poderes, intereses, impunidad y violencia. Con factores como el narcotráfico, el crimen organizado, así como los distintos grupos de poder, sobrevivir en este país se muestra como un acto fortuito; si estas consideraciones son tales para la comunidad en general, el sector específico que se encarga de indagar y difundir la información noticiosa se encuentra mucho más vulnerable. Los niveles de inseguridad y hostilidad a lo largo de la República alcanzan dimensiones alarmantes para los periodistas, quienes se han visto fuertemente afectados por la ola de criminalidad que impide la libertad de prensa y, en general, de expresión. Y es que han sido ya diversos los individuos que, a partir de su actividad periodística, han firmado sus sentencias catastróficas o desaparición forzada.

Por mencionar algunos eventos, el caso de la periodista de Proceso, Regina Martínez Pérez, quien fuera asesinada el 28 de Abril de 2012 en su domicilio en Xalapa, Veracruz, estremeció al medio periodístico y a la comunidad en general por la brutalidad de su deceso; a menos de una semana de ese trágico hecho, el 3 de Mayo en el mismo Estado del país, fueron encontrados sin vida los cuerpos de los reporteros Guillermo Luna y Gabriel Huge, de Veracruz News y Notiver, respectivamente, quienes además presentaban signos de tortura; en Culiacán, Sinaloa, el miércoles 24 de Agosto de 2011 fue secuestrado el Director del semanario A Discusión, Humberto Millán Salazar, quien fue localizado al día siguiente sin vida en unos campos de cultivo de la entidad; en el municipio de Huatabampo, Sonora, el 13 de Junio de 2011, fue asesinado a balazos el reportero del Diario El Yaqui, Pablo Ruelas Barraza, víctima del crimen organizado; a estos terribles acontecimientos, se le suma el reciente caso de los periodistas David Páramo y Martha González Nicholson en Chihuahua, quienes padecieron el asesinato de sus hijos, David y Alejandro Páramo, de 20 y 21 años de edad el pasado sábado 4 de Mayo del año en curso, ultimados por un comando armado.

Estos son sólo unos casos de periodistas que han sido víctimas del estado de excepción dentro del que ellos y toda la esfera informativa se encuentran por el simple hecho de ejercer su profesión; nombres como el de Raúl Régulo Garza, Yolanda Ordaz de la Cruz, Noel López Olguín, Marco Aurelio Martínez Tijerina, Enrique Villicaña Palomares, Alberto Vázquez López, Juan Daniel Martínez Gil, Juan Carlos Hernández Martínez y decenas de reporteros y periodistas se suman a la lista negra que data el estado de emergencia en el que el gremio informativo se encuentra.

Con todo que hasta aquí se ha expuesto las palabras periodismo, censura, riesgo, violencia y muerte se han convertido prácticamente en sinónimos en nuestro país, por lo que cualquier individuo que se muestre interesado por desarrollarse dentro esta actividad, sabe de antemano que su vida, su seguridad y la de quienes lo rodean se encuentra en tela de juicio. Resulta absurdo e irritante que estas reflexiones y conclusiones se encuentren dentro de un nivel de lo normalizado, normalización establecida por dispositivos de control y de dominio que permiten la reproducción de esta lógica brutal.

Esta situación conlleva a elegir alguna de las 3 alternativas siguientes: 1.- optar por el cuidado de uno mismo y desistir del periodismo como forma de vida; 2.- convertirse en un propagandista o repetidor de noticias sin un compromiso ético por la verdad; 3.- asumirse como un suicida al borde de la muerte tanto dentro como fuera de su actividad periodística. La triada anterior se manifiesta como la realidad sustancial sin posibilidades de transformación, sin embargo, es necesario y urgente que se piense en una cuarta posibilidad que la transgreda: la de disminuir y erradicar el ambiente de agresiones hacia quienes, por el sólo hecho de realizar su trabajo, están condenados a las más terribles prácticas de exterminio y supresión; es preciso exigir a las autoridades que incluyan en su agenda proselitista los mecanismos que generen las condiciones mínimas de seguridad, una exigencia efectiva que vaya más allá de las inoperantes asociaciones de protección a periodistas que lo único que hacen es llevar el conteo de los informadores caídos.

El periodista mexicano es un suicida o, dicho de manera más precisa, ha sido convertido en tal, y quiere dejar de serlo; sin embargo, en el México actual, esta pretensión se torna como una utopía

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